Alemania y Riesling, binomio de eternidad
Hay un lugar donde se embotellan rincones que desafían a la gravedad con sus pendientes y a los seres humanos con tremendos obstáculos para las labores de campo y sus vendimias

Guillermo Cruz

Fotografías:

Traducción:

Actualizado
24/03/2020



Los vinos de Riesling son, probablemente, los más versátiles que existen hoy en día y los que requieren de una combinación de fortaleza física y sensibilidad intelectual fuera de toda duda. Los protagonistas de este equilibrio, como siempre, los viticultores que tienen todo el proceso en sus manos.

Es innegable que todos los vinos están íntimamente ligados a su entorno. Si no lo estuvieran, no serían vinos sino algo totalmente distinto. Pero, en este caso, esa relación es especial: mucho más intensa debido al profundo respeto que subyace en los productores de Riesling respecto a su entorno. Esas pendientes imposibles -de hasta el 70% de inclinación- en las que la mecanización está prácticamente vetada por la naturaleza como si de una blasfemia se tratase, hacen que estos vinos sean lo que son.

El hecho de que solo el hombre pueda acercarse a las vides, en detrimento de las máquinas, obliga a un entendimiento a iguales entre el ser humano y la naturaleza. Y ese respeto para no supeditar el territorio a los caprichos del hombre, es la garantía para las buenas botellas.

Detrás de esa conversación basada en el respeto se esconde un proceso incómodo; repleto de obstáculos y de esfuerzos. A la fortaleza física de la vendimia le sigue un proceso de mentes sensibles que saben interpretar estos vinos.

La bodega de Ambivium está reservada a vinos con los que compartimos filosofía y, en este caso, la afinidad es enorme. Los Riesling son vinos creados fuera de la zona de confort -en ese eterno conflicto entre el amor y el odio con la naturaleza- y surgen de viajes a parajes recónditos. Nuestra propuesta se basa en indagar en lo desconocido y, para poder conocerla, hay que adentrarse en la naturaleza.

Los Riesling son unos de los vinos con los que más vínculo tenemos en todo el planeta. Y, más allá, los viajes de introspección a esta zona nos dotan de un conocimiento que después ansiamos compartir. Es como si cada vez que vemos el río Rhin pasando entre el Rheingau y el Rheinhessen; o una de las famosas Bocksbeutel (botella en forma de cantimplora típica de la región) del Franken; o una ladera imposible del Ahr, la naturaleza y la historia te susurrasen al oído la responsabilidad de narrarlo. De sentir y relatar un ecosistema irrepetible y culminarlo con su expresión más líquida. Me gusta pensar que cada vendimia a orillas del río Mosela, con añadas tan diferentes unas de otras, únicas, es como una nueva temporada en Ambivium… Año a año en la eterna reinvención, con un inmenso esfuerzo detrás y creaciones que sólo se verán esa vez.

En estos vinos nos encontramos una capacidad de envejecimiento única gracias a unas uvas que tienen la capacidad de envejecer sin ser mecidas en una barrica. Pasan por botas viejas, de los tradicionales Stücks del Rheingau (1200 litros) a los clásicos Mosel Fuder del Mosela (1000 litros) que no aportan al vino, sencillamente porque la uva no necesita agentes externos para convertirse en estos vinos eternos, de vendimias tardías. Que aguantan décadas con mucha acidez y algún gramo de azúcar residual. El tiempo es implacable, demoledor.

En los Riesling el tiempo hace su trabajo. Sin añadidos. Con una pureza inusual, envejeciendo este líquido celestial hasta convertirlos, por imposibles, en vinos eternos.



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