Bodegas Arínzano: mil años de vino en Navarra

En Navarra, se encuentra una de las 24 bodegas con Denominación de Pago. Se trata de Bodegas Arínzano, una finca sin igual para conocer el buen hacer vinícola.

Con Mucha Gula04/05/2023

Pasear por la finca de Arínzano, cerca de Estella en Navarra, significa sumergirse de lleno en el mundo de la viticultura. Desde hace casi mil años, estas tierras ubicadas a los pies de la Sierra de Urbasa han sido dedicadas a la vid. Desde entonces, la gente que aquí habita ha puesto todo su carácter, moldeado por el cierzo, al servicio del buen vino. En el pasado fueron monjes, más tarde familias nobles y, en la actualidad, todo un grupo de profesionales que tienen el objetivo de transmitir su trabajo a través de cada botella de vino del Pago de Arínzano.

Arínzano, una finca con Historia

El camino que conduce hasta las Bodegas Arínzano es todo un viaje en el tiempo. Poco a poco, el sendero se aleja del ruido de la carretera para adentrarse en un enclave natural en el que solo se escucha murmurar al río Ega. La entrada a la finca la señalan todavía dos mugas de piedra en las que todavía se puede leer la inscripción: Señorío de Arinzano. A partir de ahí, nos adentramos en la historia de este singular viñedo.

La historia de Arínzano se registra en las fuentes a partir de 1055, año en el que el Rey García Sánchez entregó estas tierras a Sancho Fortuñones, como recompensa por el apoyo prestado para recuperar el trono de Navarra. Fortuñones no tenía interés en cuidar de este pago, por lo que lo cedió a los monjes del Monasterio de Santa María de Irache. Durante más de 500 años, los monjes se encargaron de producir vino para ellos y para los peregrinos que pasaban haciendo el camino de Santiago.

Muga de piedra que marca la entrada en el Señorío de Arínzano

Sin embargo, en 1520, el último Rey de Navarra expropió la finca y se la entregó a su consejero Lope de Eulate, entonces Señor de Arínzano. He aquí el origen del nombre de las bodegas actuales. Con Lope de Eulate y sus descendientes se inicia una época de cosntrucciones que todavía se conservan y se pueden visitar. En primer lugar, la Torre de Cabo de Armerías, construida en el siglo XVI y donde se encuentra la recepción hoy en día. Por otro lado, en el siglo XVII, se construyeron la Casona y la iglesia dedicada a San Martín de Tours, patrón de los viñateros.

De poco sirvió la advocación de este santuario, ya que 30 años más tarde llegó la plaga de la filoxera y provocó el abandono y desmembramiento del Señorío. No fue hasta 1988, cuando la familia Chivite adquirió de nuevo todas las parcelas de la finca y se propuso recuperar la dedicación vinícola de estas tierras. Confiando en el enólogo francés Denis Dubourdieu devolvieron el esplendor a Arínzano, consiguiendo en 2007 la prestigiosa denominación Vino de Pago. Desde 2015, Bodegas Arínzano ha pasado a ser propiedad de Tenute del Mondo como parte de su colección de bodegas boutique en los mejores terroirs del mundo.

Denominación Pago de Arínzano, un terroir excepcional

Vistas de la finca y bodega de Arínzano desde su mirador, con la Sierra de Urbasa de fondo.

La denominación Vino de Pago de Arínzano quiere decir que no existe en España otro lugar con las mismas características climáticas y edafológicas que esta finca. La adaptación de la vid, su proceso de maduración y, consecuentemente, los vinos resultantes son excepcionales. Solo se pueden conseguir allí. Atravesadas por una corriente de aire frío que llega desde el Atlántico y compuestas por suelos de margas, arenas, calizas y limonitas de la era Neogénica, junto con yesos y dolomitas del Triásico, son 128 las hectáreas dedicadas a la vid en Arínzano.

Cerca del río se cultiva la variedad Merlot; ya que, gracias a la corriente de aire que atrae el Ega, la vid queda protegida frente a las heladas. La Chardonnay se cultiva en la zona más fría de la finca, un área que se encuentra a 7ºC menos que los alrededores, para favorecer que la uva exprese todos sus aromas y mantenga la acidez. Por último, la Tempranillo se extiende por toda la finca, haciendo honor a su fama en nuestro país.

El viñedo de Arínzano es un mosaico de temperatura, altitud y variedades de uva.

Ahora bien, las tierras de la finca de Arínzano están llenas de particularidades, diferentes altitudes o temperaturas dentro de una misma parcela, comportamientos variables dependiendo del tipo de uva y la orientación de la parra. En estas condiciones, el trabajo del enólogo José Manuel Rodríguez y su equipo se vuelve crucial para conseguir vinos de calidad, aunque él le reste importancia: “Hay cuatro factores que determinan la calidad del vino: el suelo, el clima, la variedad y la interpretación de los tres anteriores en la bodega. Por lo tanto el equipo es solo el 25% de todo el resultado”.

Desarrollo sostenible

El Pago de Arínzano es, como ellos mismos lo denominan, un oasis de 350 hectáreas en mitad de un paisaje árido en el que la vid representa solo una tercera parte. El enclave es totalmente salvaje, repleto de flora y fauna local con la que el proyecto de las bodegas pretende convivir en armonía. Por este motivo, el trabajo en la bodega se desarrolla desde la sostenibilidad, teniendo en cuenta la protección de la biodiversidad de la finca, la matriz energética, el empoderameinto humano y la consecución de productos orgánicos.

Cuidar de la finca y su entorno medioambiental es cuidar del vino. La filosofía vitivinícola de Arínzano se fundamenta en la mínima intervención tanto en viñedos como en bodega. En definitiva, se trata de permitir a la uva mostrar toda la personalidad que lo singular del enclave le otorga. Además, las tierras también se dedican al cultivo de olivares, de los que se obtiene un aceite de oliva propio que se sirve a los visitantes de la bodega.

El proyecto Chardonnay consiste en dejar macerar una misma añada de esa uva en 30 materiales diferentes.

Uno de los trabajos más interesantes y ambiciosos de la bodega es el Proyecto Chardonnay. El equipo de enología deja macerar una misma añada de esta variedad en 30 materiales diferentes para comprobar cuál es el que mejor expresa las cualidades de la uva. Entre roble francés, vasijas de cerámica, bidones de acero inoxidable y más, la favorita por el momento del equipo de enólogos es el cemento. Para el equipo, este es el material que más respeta el terroir y el carácter de la Chardonnay. Ideas como esta ponen de manifiesto que en Arínzano la calidad va por encima de la cantidad. Es por ello que los rendimientos son bajos a pesar de poseer una gran extensión de tierra. Aproximadamente, la producción es de unas 150 mil botellas anuales.

Enoturismo cerca de la Sierra de Urbasa

Todo el peso de la historia, de la tierra y del trabajo se transmite a través de sus vinos, pero también a través de las visitas a las bodegas Arínzano. Montados en un 4×4, los visitantes pueden recorrer toda la finca al tiempo que van descubriendo la historia del lugar. Desde el punto más alto se comprende cuál es la verdadera extensión del Pago de Arínzano, cómo ha segmentado el terreno el grupo de enólogos dependiendo de qué variables son mejores para cada tipo de uva y se comprende cuál fue el objetivo del arquitecto Rafael Moneo al diseñar la bodega moderna.

La visita a las bodegas incluye un recorrido un buggy por toda la finca.

Una vez conocida la historia y entendida la tierra, se pasa a las bodegas. Allí se hace un recorrido por la sala de barricas y se acerca al visitante el trabajo que día a día desarrolla el equipo de enólogos. El colofón de la visita es una cata de vinos de Arínzano, acompañados de una exquisita tabla de ibéricos. Todo el saber que poseen quienes trabajan día a día el vino se le transmite al consumidor en un ambiente distendido, suavizado por una dulce melodía de fondo, aromatizado por el intenso olor de la Merlot y maridado por el dulce sabor de un Chardonnay de categoría.

En definitiva, Bodegas Arínzano ha conseguido construir un mensaje claro en un entorno sin igual. A pesar de que el lugar habla por sí solo, la visita a las bodegas consigue sembrar la curiosidad en el visitante. La viticultura, la enología y el saber hacer quedan materializados en un recorrido en el que se puede comprobar cómo la tierra, la uva y el trabajo en equipo se transforman en una copa de vino con Denominación de Pago.