Gran Hotel Bali, una penosa Torre de Babel en Benidorm
Eva Celada

Eva Celada

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Publicado el
26/07/2009



Exterior panorámico del esperpéntico Hotel Bali, en BenidormExterior panorámico del esperpéntico Hotel Bali, en Benidorm

La Biblia nos dice que  que el hombre quiso llegar tan alto como Dios, y éste les castigó dando a cada uno una lengua para que no pudieran comunicarse creando así una gran confusión que provocó de forma inmediata que dejaran de hacer la torre. No entraré en disquisiciones al respecto, ya que en la actualidad en una obra muchos no hablan el mismo idioma, y aún asi construyen edificios; tampoco entraré en si tener diferentes lenguas en el mundo que vivimos es más enriquecedor que problemático; simplemente recordé la Torre de Babel cuando llegué al Gran Hotel Bali en Benidorm hace unas semanas.

La construcción en sí misma es sobrecogedora, por lo grande y por lo poco adecuada al entorno; no obstante, seguimos con el sindrome Babel y los hombres y mujeres, como diría la ministra, queremos verlo todo desde arriba, quizá para convertirnos en grandes aunque no lo seamos. Algo así debió pasarles a los creadores del Hotel Bali: quisieron ser grandes como los amantes mediocres valoran el tamaño de sus atributos, o los restaurantes menos afortunados la cantidad con la que llenan los platos.

El caso es que por una morbosa curiosidad aterricé un fin de semana en el Hotel y descubrí que la grandeza no tiene que ver con el tamaño. Multitud de personas llenaban sus más de cuarenta plantas maravilladas por las vistas a la playa, que desde tal altura parecía una postal, el mirador de la planta 44 atiborrado de visitantes, todo el mundo quiere saber qué se ve desde el hotel más alto del levante español. Los que nos alojamos dentro, algunos realmente decepcionados, lo supimos enseguida: mucho ladrillo y poco servicio;  El hall es como un aeropuerto, los periódicos los dispensa una máquina; claro, sólo tienen dos: el Marca y El País. Dos tiendas, una de ellas una joyería, que me pregunto de qué vivirán. Los ascensores colapsados, en ocasiones averiados, en ocasiones sin luz… El desayuno -lo único que nos atrevimos a probar allí-, deplorable (si hubieramos comido bien al menos…). Ni en los peores hostales se puede ofrecer una calidad tan pésima: imposibles los dulces, los zumos absolutamente industriales, la fruta completamente desechable, al igual que los embutidos… Cuando pedimos el desayuno en la habitación nos quieren cobrar 17€ por persona; claro, un hotel de cuatro estrellas tiene la obligación de tener servicio de habitaciones, pero como en realidad no lo tienen, vuelven a cobrar a quienes ya han pagado el desayuno en el precio de su habitación por llevárselo. Es el primer hotel del mundo en el que contratándoles directamente te cobran la factura cuando llegas, y no cuando te vas. Tienes la sensación de que te tratan como un delicuente, quizá porque ellos mismos se comportan como tales. Quisimos ver al director y tampoco dió señales de vida.  También hay que olvidarse de ayuda con las maletas, de poder dejar el coche cerca de la puerta para bajarse los viajeros, etc.



Algo desorientados, los turistas iban de un lado para otro para intentar encontrarse con sus sueños, muchos nacionales, familias de clase media con niños, otros de centro europa, algunos atónitos ante el espectáculo del buffet del desayuno, otros impresionados con el número de sillas de la terraza, risitas nerviosas ante la animación nocturna: un pobre hombre con una especie de órgano. Un espectáculo dantestco bajo la sombra de un gigante levantado con lo peor del ser humano: ambición y avaricia. Un lugar de confusión donde no ví risas, alegría ni felicidad… sólo curiosidad y decepción.



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