Isabel Sorribas ha recorrido un camino poco convencional hasta encontrar su sitio. Tras pasar por un convento y formarse en Filosofía y Teología, descubrió en la cocina una forma de conectar con el presente que terminó convirtiéndose en su vocación. Autora de Hoy comemos con Isi, chef privada y divulgadora, defiende una gastronomía sencilla, con protagonismo del producto y el mercado.
Hablamos con ella sobre alimentación, redes sociales, tradición y una relación con la cocina que va mucho más allá de las recetas.
Tu historia llama mucho la atención: entraste en un convento de clausura con 17 años y permaneciste allí varios años. ¿Nos puedes hablar de esa etapa?
Siempre he sido una niña muy curiosa e inquieta, con muchas preguntas sobre el sentido último de la vida. Eso me llevó a Dios, la religión y la trascendencia. Esa misma curiosidad e insatisfacción es la que me llevó a salir y a seguir otros caminos. Pero ese tiempo fue para mí como los primeros años de vida del bambú, dedicados exclusivamente a echar raíces hacia dentro, no se ve nada de la planta hacia fuera. Mucho crecimiento interior, confrontaciones conmigo misma y atención a los pequeños detalles, donde se juega toda la felicidad de la vida.
En el convento también cocinabas. ¿Hay alguna receta que todavía hoy cocines de aquellos años?
Me acuerdo mucho de recetas que hacíamos con ingredientes sencillos, pobres, pero que con un par de técnicas se convierten en platazos, como las patatas viudas o la purrusalda. Por supuesto, lo que más repito son recetas dulces que extraje en mi cabeza del obrador de repostería, como las trufas, el lemon curd o la crema pastelera.
Después estudiaste Filosofía y Teología y acabaste encontrando en la cocina tu profesión. Parece un cambio radical, ¿cómo llegó?
La cocina apareció en un momento de crisis vital en la que nada de mi alrededor estaba bien: la relación con mi pareja de entonces hacía aguas, me di cuenta que no quería dedicarme profesionalmente a aquello para lo que me había estado preparando durante 4 años, mi padre enfermó de cáncer y yo estaba lejos de mi familia y amigos viviendo en Múnich. La cocina era el único lugar que me hacía feliz. Un entorno que me aportaba información positiva, que me hacía sentir valiosa y, por qué no, un modo de rebeldía contra el mundo que iba demasiado deprisa.
Así empecé a subir recetas en Instagram, sin ninguna pretensión más que compartir lo único que me hacía sentir bien, y tanto la cocina como lo que transmitía con ella, empezó a atraer a gente a la cuenta dentro de mi sorpresa.

Has contado que la cocina apareció como una especie de refugio o mindfulness en un momento complicado. ¿Hasta qué punto cocinar puede ayudarnos emocionalmente y dónde crees que empieza a ser peligroso vender la comida como si pudiera “curarlo” todo?
La comida no cura nada, la comida para empezar es una necesidad básica que tenemos los seres humanos para poder vivir y ser funcionales. Luego, además, tenemos la suerte de sentir placer con la comida, lo que hace que cumplir esa función sea un disfrute. Hay mucha gente que no disfruta de comer, o bien porque lo vive solo como algo funcional dentro del sistema de producción en el que vivimos, o porque vive esclavizado por un estereotipo corporal que le hace vivir a base de restricciones.
La cocina no es que sea una ayuda a nivel emocional, es que es absolutamente necesaria, es el autocuidado básico, el número uno, mucho antes que el skincare, ir al gimnasio o regalarnos cosas. Es la forma primaria y más básica que tenemos de decirnos te quiero, te cuido. Sin embargo, es la forma más maltratada, la menos atendida para realizar ese autocuidado porque nos han hecho creer que podemos prescindir de cocinar para poder trabajar más o atender a otras cosas secundarias.
Sin embargo, una sociedad que no se cocina es una sociedad esclava, dependiente, una sociedad -aunque parezca muy drástico- avocada al fracaso. Cocinar nos da la libertad de elegir qué ingredientes introducimos en nuestro cuerpo, elegir su procedencia, a quien apoyar, si a grandes superficies o al tendero de mi barrio, nos da creatividad, mucho más goce en lo que comemos y cocinar crea un espacio entre el deseo de comer y el acto mismo de comer que hace que comer no sea impulsivo sino que ese espacio regula nuestra forma de alimentarnos y nos hace conscientes del valor de un plato de comida. Eliminar eso porque existen opciones de comida preparada es un gran error.
Tu cocina reivindica mucho lo tradicional, ir al mercado, comprar buen producto y sentarse alrededor de una mesa. ¿Estamos perdiendo esa cultura o tendemos a idealizar cómo comían nuestras madres y abuelas?
Es evidente que lo estamos perdiendo. A su vez, como la comida de la abuela es algo que ya casi no tenemos, cuando algo nos recuerda a ella, nos lanzamos con una idealización o nostalgia desmedida pero, en mi opinión, nace de que evidentemente ya no tenemos esa cultura tan enriquecedora. Para empezar porque quien iba al mercado todos los días a por los ingredientes frescos para cocinar ese día era la mujer que vivía por y para su casa. Y esa figura ya no existe. Ir al mercado requiere de mucho tiempo, esperar colas porque la atención es mayor, porque preparan el producto fresco delante de ti como tú se lo pidas y porque ocurre lo mejor del mercado, que es crear barrio, hay chascarrillos, te encuentras con los vecinos, no se quién te cuenta cómo prepara ese pescado o el carnicero te pregunta por tus vacaciones.
Ya no estamos dispuestos a entregar ese tiempo a algo tan “ineficaz”, preferimos ir a un super donde no tenemos que tratar con nadie e ir a tiro hecho. Sin embargo, lo que nos perdemos con no ir al mercado es muchísimo.
Se habla continuamente de recuperar las recetas de las abuelas, pero muchas de ellas cocinaban con mucha grasa, azúcar o sal…
Yo no creo que sea así. En nuestra gastronomía española tenemos de todo. Tenemos rebozados, tenemos dulces y tenemos muchos platos del día a día que pasan desapercibidos porque no los pondrías en un bar o en una taberna como unas judías verdes rehogadas con tomate y jamón. Pero las abuelas no comían todos los días croquetas, rosquillas y fabada.
Yo siempre digo, como nutricionista, que la mejor dieta que puedo dar a una persona es la directriz de que todo lo que coma sea cocinado por ella o él mismo desde cero. Sin restringir absolutamente nada, ni fritos, ni dulces ni grasa. Eso es lo que hacían nuestras abuelas. Cuando te cocinas todos los días, a lo mejor un día te apetecen patatas fritas o unas croquetas bien rebozadas y fritas en su aceite. Pero te aseguro que al segundo día no vas a querer montar el jaleo que supone una fritura. Por eso digo que cocinar es ese espacio que regula nuestra alimentación y nos lleva de forma natural hacia un equilibrio. Mi abuela cenaba todas las noches verdura al vapor porque “se lo pedía el cuerpo”, pero en su alimentación no se privaba de nada.

¿Has descubierto que alguna receta o costumbre que defendías como saludable en realidad no lo era tanto?
Sí, todo lo que tenga que ver con restricciones o sustituciones. Cuando empecé a interesarme por la nutrición y empecé la carrera tuve una etapa en la que sustituía el azúcar por eritritol, todos los fritos los hacía en la air fryer o trataba de sustituir todas las recetas con harina, pasta o cereales refinados por harinas, pastas o cereales integrales o de legumbres.
Estos hábitos, a parte de ser un trampolín para un TCA, son una esclavitud que eliminan el placer de comer y en realidad no son nada efectivos porque no educan nutricionalmente a la persona ni generan una buena relación con la comida para luego tampoco aportar gran cosa a nivel nutricional.
Precisamente las redes están llenas de personas dando consejos nutricionales sin ser nutricionistas. ¿Crees que los creadores gastronómicos deberían ser más cuidadosos cuando utilizan palabras como “saludable”, “antiinflamatorio” o “sin culpa”?
Absolutamente. Ha llegado un punto en que a mí la palabra “saludable” me chirría muchísimo e incluso siendo nutricionista trato de evitarla. Creo que la hemos prostituido de tal manera que sirve para todo. Me da mucha rabia porque yo, siendo nutricionista, me cuido mucho de decir estos atributos y veo que muchos compañeros los usan muy a la ligera. Pero es mucho más grave: si para comer “sin culpa” tienes que sustituir el azúcar por dátil triturado, la culpa no la tiene el azúcar, la tiene un TCA que tienes y no estás atendiendo. Esparcir estos mensajes son mucho más dañinos de lo que nos podamos imaginar.
Este verano se ha hablado mucho de la “caída de los influencers”, de un público cansado de vidas perfectas, publicidad constante y cierta desconexión con la realidad…
A mí me sigue y me deja de seguir gente todos los días. Y me parece genial. Todo el mundo debería de vez en cuando revisar su lista de seguidos y ver quien le aporta algo positivo para seguir siguiéndole o, por el contrario, quien mejor es dejar de seguir viendo. Creo que se está poniendo demasiado el foco en los influencers, que lo entiendo, pero a mí me gusta recordar que el poder de que alguien caiga o siga en el mundo de las redes sociales al final la tienen los seguidores y espectadores. Si alguien tiene millones de views es porque tiene millones de personas detrás viéndolo. Si alguien no te interesa, puedes darle a no seguir o a no mostrar más este contenido.
¿Te has negado alguna vez a publicar una receta?
Sí y siempre han sido productos relacionados con el mundo de la suplementación, que además pagan muy bien jeje. Como nutricionista, trato de ser muy cuidadosa con los suplementos que muestro o recomiendo porque tenemos que ser conscientes también de la responsabilidad que tenemos creando contenido.
Tu libro se titula ‘Hoy comemos con Isi. Cocina de emociones’. ¿Cómo nació este proyecto?
En mis planes no estaba lo de escribir un libro, me parecía muy pretencioso. Sin embargo fue la editorial la que se puso en contacto conmigo ofreciéndome esta posibilidad y fue un camino muy bonito porque al intentar hacer un libro de cocina, yo intenté hacer lo que normalmente entendemos por un libro de cocina: foto – receta, foto – receta. Sin embargo, yo no funcionaba, no me sentía a gusto ni me sentía identificada con lo que estaba creando. Hasta que un día le dije a mi editora que a mí me nacía contar historias, contar mi vida a través de la cocina. Y mi editora me dio luz verde. El gastro journal es una modalidad muy extendida en el mundo anglosajón, aunque aquí todavía no se dé mucho, y para mí fue una preciosidad porque fue darme cuenta, a la vez que escribía, que la cocina es algo que te acompaña desde que naces hasta que te mueres y se amolda a cada una de tus etapas, de manera que puedes contar tu vida a través de la cocina, o contar recetas a través de historietas de tu vida.
¿Cuál es tu receta favorita del libro?
Las albóndigas de mi madre, con las que abro el libro. Es una receta súper sencilla. Pero ese olor a azafrán cuando haces esta receta le dice a mi cabeza, “ay, huele a casa”.





