En la Edad Media, a los mercados catalanes les bastaba una plaza, un espacio abierto junto a las murallas o una calle lo suficientemente amplia para que agricultores, pescadores y artesanos instalaran sus puestos los dĆas seƱalados. Las ordenanzas municipales fijaban el lugar de los carniceros, separaban la venta de pescado de otros alimentos y establecĆan normas para los pesos, las medidas o la limpieza de los puestos, pero era la propia ciudad la que, en determinados dĆas, reorganizaba sus espacios para abastecer a toda la comunidad.
Con el crecimiento urbano de los siglos XVIII y XIX, aquel modelo, que todavĆa pervive en plazas como la de Vic cada martes y sĆ”bado, empezó a mostrar sus lĆmites. El aumento de la población y las crecientes exigencias de higiene hicieron necesario diseƱar lugares capaces de proteger los alimentos y ordenar una actividad comercial cada vez mĆ”s intensa. La solución llegó con los mercados cubiertos. Las estructuras de hierro y las amplias cubiertas acristaladas permitieron crear espacios diĆ”fanos, luminosos y fĆ”ciles de mantener, donde cada producto encontró un lugar estable.
La BoquerĆa y el nacimiento del mercado moderno
La Boqueria de Barcelona resume perfectamente esa transformación y permite recorrer la evolución de los mercados catalanes desde las plazas medievales hasta el gran mercado que hoy conocemos. La primera referencia documental data de 1217, cuando varios vendedores de carne se instalaron en un espacio situado extramuros para alejar de la ciudad actividades consideradas insalubres. Durante siglos, el mercado funcionó al aire libre, hasta que la desaparición de las murallas y la transformación urbana de La Rambla hicieron necesaria una estructura permanente.
El emplazamiento actual empezó a tomar forma a mediados del siglo XIX y encontró en el hierro la solución arquitectónica que se estaba extendiendo por toda Europa para los nuevos espacios urbanos de abastecimiento. La construcción del edificio comenzó en 1840 sobre el antiguo convento de Sant Josep, destruido pocos años antes, mientras que la gran cubierta metÔlica, obra del arquitecto Antoni de Falguera, se inauguró en 1914.

MÔs de un siglo después, bajo esa cubierta siguen conviviendo algunos de los productos que mejor representan la cocina catalana: frutas y hortalizas del Baix Llobregat, bolets procedentes del Berguedà , el Ripollès y la Cerdanya, pescado fresco de Vilanova i la Geltrú o Palamós, embutidos y quesos artesanos, ademÔs de productos tradicionales como el bacalao salado, en un mercado que mantiene la función para la que nació, aunque hoy también atraiga a miles de visitantes de todo el mundo.
Esta visión del mercado como infraestructura urbana de abastecimiento nació en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Barcelona consolidó este modelo con algunos de sus ejemplos mĆ”s representativos. Entre ellos, Santa Caterina, proyectado por Josep Mas i Vila e inaugurado en 1848 sobre los terrenos de un antiguo convento dominico, y el Mercat de Sant Antoni, construido entre 1872 y 1882 segĆŗn el proyecto de Antoni Rovira i Trias para servir al nuevo Eixample de Ildefons CerdĆ . Ambos respondĆan a la necesidad de ordenar el crecimiento de una ciudad en expansión mediante una red de mercados modernos y reflejaban las posibilidades de la arquitectura del hierro para crear espacios amplios, luminosos y bien ventilados.
Sant Antoni adopta una planta de cruz griega que ocupa toda una manzana y mantiene, tras la rehabilitación concluida en 2018, la misma vocación de organizar el abastecimiento del barrio. AllĆ continĆŗa hoy la historia del mĆtico bar Pinotxo, conocido, entre otros platos, por sus garbanzos con butifarra negra preparados con ingredientes del propio mercado. En el caso de Santa Caterina, la reforma dirigida por Enric Miralles y Benedetta Tagliabue entre 1997 y 2005 conservó buena parte del edificio histórico, integrando los restos arqueológicos del antiguo convento bajo una cubierta ondulada formada por piezas cerĆ”micas de 67 colores inspirada en las frutas y verduras del mercado.

El mercado, despensa de la cocina catalana
Bajo esas cubiertas se ha generado gran parte de la gastronomĆa catalana. Comprar en un mercado significaba conocer el territorio a travĆ©s de sus productos, recibir consejo, aprender cómo conservar un alimento o seleccionar los ingredientes de temporada con los que preparar muchas de las recetas que acabarĆan convirtiĆ©ndose en pilares de la cocina local. Un producto estrella como el bacalao llegaba salado desde el AtlĆ”ntico y en los mercados los bacallaners lo cortaban, lo desalaban y aconsejaban el tipo de pieza mĆ”s adecuada para cada preparación. Antes de convertirse en una esqueixada, una brandada o un bacallĆ a la llauna, el producto iniciaba allĆ un proceso de transformación que dependĆa tanto de la calidad del ingrediente como del saber hacer de quien lo vendĆa y del ojo de quien lo compraba.
Ese legado también quedó incorporado a la arquitectura. Durante la rehabilitación de Santa Caterina salieron a la luz las antiguas pilas de mÔrmol donde los bacallaners dejaban el pescado en remojo para iniciar el proceso de desalado. En lugar de retirarlas, el proyecto decidió incorporarlas al nuevo mercado como parte de la Font del Bacallà , convirtiéndolas en un espacio de memoria cotidiana. Los mercados catalanes conservan una historia construida con hierro, ladrillo o cerÔmica, pero también otra hecha de oficios, conocimientos y productos que durante generaciones dieron forma a la cocina popular.

A medida que este modelo se extendió por Catalunya, otras ciudades lo adaptaron a sus propias necesidades. El Mercat Central de Reus, inaugurado en 1949 para sustituir al antiguo mercado al aire libre, dejó atrĆ”s la arquitectura del hierro caracterĆstica del siglo XIX para adoptar formas mĆ”s sobrias y funcionales, propias de la posguerra. Concebido para centralizar el abastecimiento urbano, sigue siendo el punto de encuentro entre la producción agrĆcola del Camp de Tarragona y la ciudad. Entre los productos que llegan cada dĆa destacan las Avellanes de Reus, amparadas por Denominación de Origen Protegida y cultivadas desde hace siglos en las comarcas del Baix y el Alt Camp, el TarragonĆØs, el Priorat y la Conca de BarberĆ .
Los mercados catalanes continĆŗan siendo el lugar donde ese paisaje agrĆcola entra en contacto con la ciudad y donde los productos de proximidad siguen formando parte de la alimentación cotidiana. El pa amb tomĆ quet, probablemente el gesto mĆ”s cotidiano de la gastronomĆa catalana, depende de la calidad del pan, del aceite y del tomĆ quet de penjar. La escalivada es una preparación sencilla que convierte pimientos, berenjenas y cebollas de temporada en uno de los platos mĆ”s representativos de Catalunya gracias al fuego y al respeto por el producto.
La identidad gastronómica de un territorio empieza mucho antes de las recetas. Nace en la forma de cultivar, criar, seleccionar, conservar y vender los alimentos, en el conocimiento acumulado por generaciones de agricultores, criadores y comerciantes y en unos mercados cuya arquitectura lleva siglos haciendo posible que ese patrimonio llegue cada dĆa hasta la mesa.






