«Trampantojo», del escritor Óscar Arias Rodríguez

Todo estaba dispuesto: la mesa preparada con el mantel blanco, ajado de tantos lavados con lejía, como sábana vieja, y yo, con mis mejores prendas, aunque los tonos cítricos, quizás, no fuesen los más indicados para una fecha tan señalada. Paciente, esperé sentado, y las entrañas rugieron dando un último aviso: el ayuno forzoso que me había autoimpuesto era suficientemente largo ya.

Escuché los pasos reverberar en el pasillo, la opulenta cena estaba al caer. Cuando el camarero entró en el comedor los vahos del alimento ya se le habían adelantado, y miré ávido la bandeja que traía: dos tapas ocultaban los manjares. Dijo algo que no comprendí antes de marchar, con una sonrisa sarcástica cruzando su cara. Y así, al fin, tuve frente a mí el menú codiciado. Levanté la primera tapa, bajo ella había unos espaguetis a la boloñesa, humeantes y aromáticos. Tal vez no fuera la cena elegida por muchos para tan insigne momento, pero en mi caso, tenía algo de especial; al fin y al cabo, siempre había sido mi plato favorito cuando de pequeño íbamos a casa de la abuela. Por aquel entonces eran espaguetis con carne, nada más, mi abuela no había estado jamás en Bolonia —y yo tampoco—; y es posible, por lo que había oído, que allí se tiraran de los pelos si los pidieras. Carne mezclada de ternera y cerdo, cebolla picada bien fina así como el ajo, salsa de tomate elaborada con tomates de la huerta, un toque de pimienta negra, orégano fresco espolvoreado por encima y, por supuesto, auténtico espagueti italiano, al dente. Si bien no eran los de mi abuela, se veían apetitosos. Incluso, sin haberlo demandado, tenían un poco de queso parmesano rallado por encima. Todo un detalle por parte del chef. La boca se me hacía agua al tiempo que, con el tenedor —sin ser el tipo de cubertería que demandaba la ocasión—, enrollaba la pasta, intentando atrapar suficiente carne para ese primer y suculento bocado. Pero siempre se caía. Pudiera ser ese el motivo por el que había escuchado que la salsa boloñesa no era la más indicada para los espaguetis, y sí para unos macarrones o tallarines. Pero daba igual, había solicitado el plato que me preparaba ella, y lo que pensaran los ortodoxos al respecto me importaba lo mismo que el tiempo que hiciera mañana. Y lo cierto es que estaban buenos, muy buenos. Evidentemente no como aquellos que cocinaba mi abuela las veces que íbamos a visitarla —cuando aún estaba entre los fogones de este mundo—, más sí que parecidos. Puestos a poner peros, la pasta podría no ser italiana; sin embargo había sido hervida el tiempo exacto para estar en su punto. Y tal vez el orégano fuera de bote, pero condimentaba en su justa medida. La cebolla había sido bien pochada, el ajo bien dorado como pedía la carne, y el vino había evaporado todo su alcohol, dejando solo pinceladas de su aroma en el guiso. Famélico como me encontraba, engullí a grandes bocados, y sorbí ruidosamente los espaguetis que pendían de mi boca, pretendiendo escapar —irónicamente — de una muerte anunciada. La manga fue mi humilde servilleta: sin más comensales alrededor, no me importaba guardar el decoro. No fue hasta los últimos bocados cuando necesité un trago de agua: el hambre, y el ansia, habían apartado sin modales a la sed de la mesa. Cuando por fin hube rebañado bien el plato, la bestia en mi estómago estaba ya enmudecida; y apaciguada, no reclamaba nada más para sí.

Quedé recostado en la silla unos instantes, admirando los restos de la batalla, que se reducían a trazas de salsa de tomate y algún trozo minúsculo de cebolla y espagueti. Tan pequeños que no merecía la pena el esfuerzo de luchar por ellos: el gasto calórico precisado sería mayor que el aportado por su ingesta. Estaba satisfecho, casi hasta lleno. Pero todavía quedaba el segundo plato, oculto bajo la otra tapa. Entonces sonaron los herrajes de la puerta y el carcelero entró, mascullando algo en un inglés con acento sureño que no entendí bien. Visiblemente enojado al comprobar que no había finalizado mi banquete, cerró de un portazo para salir de nuevo.

Estaba en el corredor de la muerte, juzgado y condenado por un crimen que no había cometido. Pero varios testigos habían asegurado en la rueda de reconocimiento que era yo. En un país donde a los españoles nos confundían con los nativos mejicanos —recuerdo pasar el control del aeropuerto y en la casilla de raza no habían puesto la equis en caucásico—, cualquier chicano podría ser un español y viceversa. Aseveraban haber visto a una persona de tez morena, y no les hizo falta ningún ingrediente más para cocinar mi culpa. Dos veces apelé, y dos veces perdí. La segunda con un abogado que había dejado mi cuenta corriente en España más limpia que la mirada de un niño que no ha pisado el colegio todavía. Por más recogidas de firmas que se hicieran, por más que el gobierno intercediera por mí, me habían declarado culpable; y esta última cena era un aliño macabro para alguien que sabe que va a ser ejecutado por un delito del que es inocente.

Levanté la segunda tapa: langostinos a la plancha con sal gruesa. La verdad es que olían deliciosamente bien, aunque me recordarán la última vez que los había comido, de eso hacía ya treinta o cuarenta años. Bebí un sorbo de agua antes de ponerme manos a la olla, paladeando despacito su hermosa insipidez. Agua que das la vida como plato que lleva el alimento: eterno, y necesario, actor secundario.

Sin apetito alguno, dejando la cubertería de plástico a un lado, comencé a pelar langostinos a toda velocidad, para devorarlos aún más rápido. Y cuando la generosa ración solo fue un montón de cáscaras y cabezas chupadas, me tiré sobre el catre; había valido la pena la espera. Al momento entró el guardia soltando algún improperio en inglés, al que no hice ni el menor caso: algo de tomorrow y unas risitas para despedirse. A veces no es necesario hablar un idioma para entender, por la entonación, las malvadas intenciones de esas palabras. Sí, al día siguiente sería la ejecución. Y me pondrían en una sala, rodeado de los familiares de la víctimas, unas víctimas con las que nunca coincidí ni en el espacio ni en el tiempo, para rebozar de verdad una mentira, y así glasear un hecho —la muerte de un ser querido—, que con dificultad enmascararía el aderezo de mi ejecución. Y de paso, cómo no, también sazonar las estadísticas positivas de la maquinaria del Estado; mientras el verdadero culpable andaba impune por ahí, sin ser buscado siquiera. No obstante, no había pedido postre; porque ese ya lo había confitado yo, con paciencia, cariño y esmero: un trampantojo agridulce . Sentí la garganta hincharse y cerrarse, el calor en la cara mientras se inflamaba y tornaba violáceo el escarlata: la reacción alérgica comenzaba y me estaba quedando sin aire. Como aquella vez con seis años, solo que aquella vez, mi padre condujo el viejo ciento treinta y uno a toda velocidad hasta el hospital y allí, casi de milagro, me salvaron la vida. Ya lo habían dicho los doctores entonces: «Que este niño no vuelva a comer marisco, o podría ser la última vez». Y así será, por decisión propia y reflexionada; y antes de que me trinchen, el postre lo sirvo yo.