Mi chef favorito vive dentro de un mago

– No, este plato no se explica así. ¿Es que no me has escuchado? –

El reputado chef Fernando Cuevas se giró. Su mirada incisiva, como dos cuchillos afilados a conciencia, atestaron una puñalada certera en la autoestima de su sous-chef.

– Ponte detrás con el resto y aprende o vas a volver a pelar patatas, Andrés.  –

La cocina era de un blanco puro, frío. Un lugar donde se intuía poco margen para el error.

Los ojos del jefe de cocina enfocaron su nueva creación, todo lo demás no existía. Este nuevo plato quizá, le hiciera tocar con la punta de sus dedos la quinta estrella Michelin, la que definitivamente le haría saborear la gloria.

A su espalda, su equipo le rodeaba en silencio.

– Lomo de anguila del mar Báltico ahumada en sarmientos durante doce horas. Por debajo, un lecho de camarones fritos que le dan ese efecto crujiente al plato – explicó el chef.

Los cocineros asintieron sin abrir la boca.

– Después, con el mango ya licuado, preparamos unas perlas brillantes y líquidas por dentro para que, al masticarlas estallen en la boca. Para finalizar, le añadimos un pequeño toque oriental: salsa teriyaki al Pedro Jiménez. Pero…, ¿qué le falta a este plato para ser completamente irreverente?-

Silencio, ni siquiera un carraspeo lo rasgó. El chef empezó a inquietarse y a elevar el tono de su voz, ya de por sí autoritario.

– ¡Vamos! Necesito ideas. Estrujaros las neuronas. ¿Para qué estáis aquí si no? –

De pronto, un saco de arpillera le cubrió la cabeza y unas cuerdas le ataron las muñecas. El cuerpo menudo de Fernando Cueva se retorcía como la mismísima anguila de su nuevo plato estrella.

– ¡Venga, chicos! A la furgoneta con él- dijo el sous-chef.

La furgoneta de reparto aparcó frente a un pequeño teatro casi escondido entre las callejuelas empedradas de la ciudad.

En el luminoso rosa que coronaba el edificio se podía leer: “El Show del Asombroso Mago Turroni. Pasa una noche asombrosa en donde todo puede ocurrir”.

Fernando, una vez liberado, aún se sentía incómodo por lo ocurrido.

– ¡Felicidades chef! No todos los días se cumplen 50 años – dijo el ayudante de cocina.

– Y conociéndote, no hemos tenido más remedio que traerte por la fuerza. Porque hay qué ver cómo te pones de exigente antes de incorporar un nuevo plato a la carta- bromeó el gerente y socio de Cuevas.

Sí, sería lo mejor. Demasiada tensión acumulada podría hacerle explotar, lo mejor sería tomarse un leve respiro con su equipo, pensó el chef ejecutivo.

Al abatir las puertas del teatro, los cocineros fueron tragados por la atmósfera viciada de un curioso lugar. Sobre las mesas bajas había velas que agonizaban e impregnaban la sala de ese ambiente pesado e íntimo que, invita a zambullirse en él y entregarse a un anonimato consentido.

Sobre el diminuto escenario estaba el “Gran Turroni”, voluminoso pero ágil de movimientos. Su cuerpo estaba embutido en un batín de seda púrpura con extravagantes dibujos orientales. En ese momento, un par de palomas aleteaban por el techo y amenazaban con aterrizar sobre su turbante dorado.

Una torneada ayudante entró en escena empujando un extraño armario de madera que, en vez de poseer puertas tenía una barra superior de la que colgaban unas cortinas. Mientras, el mago ya estaba presentando su próximo número.

– Y ahora, el plato fuerte de la noche: “La Deconstrucción Humana”. –

Mirando de derecha a izquierda, preguntó con sorna.

 – ¿Algún voluntario? ¿No? Quizá el hombre con mandil negro que está sentado en la mesa número 5. Sí, usted caballero. Suba aquí, por favor.

Y haciendo un gesto engolado con su mano, el inmenso Turroni invitó a subir al escenario a Fernando Cuevas.

– Me han dicho que es usted chef – declaró mientras que, con mirada cómplice, saludaba al equipo de cocina con los que obviamente estaba compinchado.

Fernando noto que le vibraba el parpado inferior. Él, que por fin había aceptado relajarse, otra vez estaba bajo el foco público.

El mago descorrió la cortina, dentro del armario había un taburete y sobre él, ya rendido ante la situación, se sentó el afamado cocinero.

Mirando al público Turroni continuó su discurso.

– Quién mejor que un chef para experimentar en su propia piel lo que siente una exquisita tortilla de patata al ser deconstruida. ¡Vualá! –

Y sin más, corrió la cortina. Invocó a Nüwa, deidad celestial china creadora de los seres humanos y descorrió el cortinaje.

El armario, como era de esperar, estaba vacío. Solo el taburete se hallaba en él. El público rompió en aplausos. Los cocineros se daban codazos y eran los que más bulla hacían.

– Sí, amigos. Ahora el chef Cuevas flota por esta sala diseminado en pequeños fragmentos invisibles a nuestros ojos. Pero, como todos queremos seguir disfrutando de su innovadora cocina, le voy a construir de nuevo célula a célula. –

La cortina se volvió a cerrar. El mago repitió su incomprensible conjuro oriental y de nuevo retiró la cortina. Entonces, ante la mirada de todos ocurrió lo imposible, lo inimaginable.

Dentro del armario y sobre el taburete apareció una botella de cerveza. El recipiente era de un cristal verde oliva y labrado en él había un misterioso código: 1, 9, 2, 5. Pero del chef, ni rastro.

Desmayado sobre el sillón en la penumbra de su camerino, el mago aún continuaba intentando asimilar lo ocurrido. Con la vista perdida repetía mentalmente, una y otra vez, los pasos de su truco sin entender que quizá, por primera vez en su vida había hecho verdadera magia.

– ¿Y esos extraños números? ¿Qué significarían? – murmuró.

Y casi sin darse cuenta, cogió la botella de cerveza, la abrió y comenzó a bebérsela.

Pronto empezó a sentir como ese delicioso líquido ámbar, se deslizaba por su boca precipitándose suavemente por su garganta. Su mágica frescura activó sus papilas que, a su vez mandaron una señal de intenso placer a sus neuronas anestesiándolas por unos segundos.

Es muy posible que por ello el “Gran Turroni” no reaccionara al oír como las chillonas sirenas de la policía sonaban cada vez más cerca.

La gran función de su vida tocaba a su fin. Caía el telón. Todo había acabado o quizá, no.

El chirrido de unas ruedas sobre el suelo de cemento del comedor comunal, avisó a los presos de que el almuerzo de ese día iba a comenzar. Los carritos de comida empezaron a desplegarse entre las mesas corridas y sus platos a ser servidos.

De primero, lechuga romana crujiente con aderezo de vinagre de uvas blancas. Para continuar, garbanzos con pulpo en salsa marinera perfumados con albahaca. Y de postre… explosión de chocolate. El preferido por los comensales del penal.

Pero, primero el preso 203 le dio un codazo al 507. Después, este último metió la cuchara en el plato del primero. Y luego vino un: “Pues te voy a hacer tragar a golpes el guiso”.

Y así, si más, empezaron a volar los garbanzos, las uvas se convirtieron en armas arrojadizas. Se dinamitaban los platos de los contrarios, lanzando sobre ellos enormes trozos de pan y las hojas de lechuga se transformaron en objetos voladores no identificados.

Un fuerte estruendo hizo que la batalla se detuviera en seco. Y por un instante, la escena quedó congelada.

Fueron unos segundos después, cuando todas las miradas se dirigieron hacia la puerta de la cocina. En ella apareció la inmensa figura del “Gran Turroni”. Su cabeza estaba coronada con un gorro de chef y alrededor de su panza tenía atado un mandil. Su voz reventó la burbuja de silencio.

– Todo el mundo a comer- vociferó. –

Y al que se deje algo en el plato… le hago desaparecer- advirtió.

Y sin más, regresó a su cocina en el penal mientras recordaba que, ya solo le quedaban 19 años, 2 meses y 5 días para volver a degustar el exquisito sabor de la libertad.

Ana Patricia Ortega