El tercer puesto de la III Edición del Concurso de Relato Gastronómico Con Mucha Gula - Cervezas Alhambra es para Estrellas Michelin, de Irène Guinez

Estrellas Michelin

El restaurante del chef Jean Luc fue la primera parada del inspector. Su cocina normanda exigía un gran apetito y no temía los kilos, el colesterol y la nata en sus platos. Jean Luc estuvo al borde del suicidio el año pasado, el día de su cumpleaños, por haber perdido su estrella Michelin por culpa de las exigencias del inspector. El foie gras solía estar delicioso, derritiéndose en la boca, como siempre. Las patatas a la sidra deleitaban el paladar gastronómico del inspector. Las ostras, que el camarero le presentó con manos temblorosas, tenían un sabor diferente. Lo mismo ocurrió con el strudel de gambas con mantequilla de centollo. Se pidió una cerveza, tenía mucha sed. Sabían a miedo. Un miedo genuino y profundo, con un toque de inquietud. Era insoportable. Como siempre. Cuando probó el postre, un Tatin de manzanas caramelizadas con caviar de vainilla, la sentencia cayó: una estrella menos. El Tatin sabía a pánico. El inspector se levantó, se limpió las comisuras de los labios con la servilleta de lino blanco y se fue, muy enfadado. Otro chef iba a quedarse sin estrella. Jean Luc se puso a llorar, otro año sin estrella, estaba desesperado. El inspector gastronómico se estaba cansando, toda la comida era exquisita, siempre muy exquisita, con nombres pomposos y camareros serviles, pero tenía un sabor espantoso. Todas. Esa no es forma de saborear, refunfuñó el hombre, apuntando sus criticas en su cuaderno. Lo único que se salvaba era la cerveza.

Dejó la gastronomía francesa para abordar la siguiente en su lista: la cocina italiana del chef Lorenzo, de la Toscana. Lorenzo era un hombre extravertido y siempre se reía de todo, pero últimamente se había notado un cambio en su carácter: él también tenía miedo de perder su estrella. Se la habían quitado y estaba ansioso por recuperarla. Sabía que su cocina era deliciosa y esperaba una buena nota. El inspector se sentó y se ató la servilleta al cuello como un niño goloso. Le sirvieron su cerveza favorita, bien fresca. Los antipasti no habían cambiado: mozzarella di bufala alla caprese. Le sirvieron dos platos de pasta, porque le gustaba la variedad, al inspector gastronómico le gustaba jugar con los cocineros. Así que probó los Scallopine di vitello con formaggio crotonose seguido de un filet mignon con pepperoni arrostiti. Masticó, masticó y notó ese sabor amargo de ansiedad: la vieira estaba cremosa como siempre, pero con una nota de angustia. Como siempre. Así que Lorenzo puedes despedirte de tu estrella y el 2 inspector sonrió. No se iba a dejar engañar, o la comida sabía a comida o no había estrella.

Su siguiente víctima fue el chef japonés, llamado Yuri. Había cocinado desde los cuatro años con su padre, pero también había perdido su estrella. El inspector pidió un Miso Shiru, disfrutó de la sopa con soja y Wakame y un plato de sushis. El chef Yuri había preparado costillas de cerdo rebozadas y porciones de pata lacado, plato estrella del restaurante, y las había servido con una deliciosa salsa de soja. El cerdo estaba excelente, ya que había sido marinado en miso. El inspector pidió una ración de tempura de verduras y gambas, no pudo resistirse, pero la comida le dejó un mal sabor de boca: un sabor a depresión y desaliento, lo mismo que esta cerveza japonesa, que no sabía a nada. Todos estos chefs eran iguales, dejaban que sus preocupaciones se transmitieran a la comida, era intolerable. El inspector, cada vez más enfadado, se levantó de la mesa, y Yuri supo que tendría que luchar un año más por su estrella perdida. También se puso a llorar.

El último restaurante era hindú y pertenecía al chef Shakir, que dirigía la cocina con su hija Neela. Las pakoras, unas verduras rebozadas en garbanzos, eran la gloria de este restaurante. El inspector no tuvo que pedirlas, Neela ya había dejado el plato en la mesa. Luego le sirvieron el famoso pollo tandoori, que era único, acompañado de una cerveza. Luego, el inspector pidió un lassi, y luego un paneer de crema de queso. De postre, pidió un gulab jamun. Por supuesto, el queso olía a angustia y el pollo a preocupación.

Desde luego, era imposible seguir así. Salió del restaurante muy disgustado. Toda la comida, francesa, italiana, japonesa e hindú, sabía a miedo. Puro miedo. El inspector se enfadó tanto que se tomó unas vacaciones y viajó a Copenhague, al restaurante Geranium, el mejor del mundo. Allí se divertiría de verdad. Comida sin miedo. Se sentó en una de las mejores mesas. El chef, que tenía cuatro estrellas, le sirvió un sild, el pescado danés por excelencia, y su cerveza habitual. En Copenhague se puede encontrar ahumado, cocido, marinado en vinagre, y se sirve con Frikadellers. Continuó con unas Flæskestegs, finas lonchas de cerdo asado. El inspector estaba 3 disfrutando de estos manjares como nunca antes, era el cielo. Terminó con un postre, el Flødebolle de chocolate, con dos merengues intercalados con crema de mantequilla. Además, escuchaba música clásica, estaba rodeado de gente elegante, que había reservado hace 6 meses, y todo le sabía a gloria. Saludó al chef y regresó al Wide Hotel, muy satisfecho. Pero al poco tiempo notó una extraña sensación en el paladar, que se confirmó al cabo de una hora: ¡sabía a puro abatimiento!

Furioso, se fue a casa. Allí iba a prepararse una buena cena, a su gusto. Se dirigió a la cocina, se puso el delantal que le habían regalado cuando le quitó la estrella a su primer Chef y preparó un sencillo plato de espaguetis. Trituró algunos tomates frescos del mercado y cortó algunas hojas de albahaca de su jardín. Se sentó a la mesa con una copa de Burdeos y disfrutó de los espaguetis. Pero no pudo terminar su plato, toda la comida le sabía mal, enojada, desagradable y maliciosa, su propio sabor. Descubrió con horror que su propia amargura amargaba a la comida. Se preguntó si todo sabía tan mal y probó una tableta de chocolate negro, pimientos del piquillo, pepinos, yogur griego, caramelos, una trufa, todo, todo sabía amargo. El inspector, desesperado, comenzó a llorar y cuando levantó la vista para mirar por la ventana, vio cuatro estrellas en el cielo que brillaban más de lo habitual…

Irène Guinez